De pronto, una torrencial lluvia se presentó, los animales se refugiaron, los arboles se balancearon, el suelo se humedeció y la semilla, dentro de la tierra se quedó.
Obscuridad, silencio... La madre tierra acogió y rodeó la semilla con su manto protector, la alimentó, y la cuido del exterior hasta que estuvo lista para salir al sol.
La semilla se había convertido en una flor, hermosa flor, apenas con su primera serie de pétalos, los más frágiles, lo más hermosos. Era de suponer que una flor tan hermosa correría el peligro de ser tan llamativa y tan vulnerable.
No pasó demasiado tiempo hasta que la inconsciencia de las almas que habitaban la tierra postraran sus miradas en la flor... Sus pétalos, tan suaves, tan puros, causaban asombro y un magnetismo indescriptible, pues, claro, la naturaleza de una flor que fue arrastrada por una corriente de aire y luego sepultada en la tierra, y que renació en medio de la adversidad. Sólo una experiencia de esa índole podría dar como resultado una especie tan hermosa y única.
La flor fue despojada de sus pétalos mucho antes de siquiera poder ver la luz del sol.
Al día siguiente, aún sintiendo que faltaba algo, la flor no era más que un simple tallo con hojas. Se perdió en la continuidad de las cosas que pasan a su al rededor.

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